domingo, 17 de mayo de 2009
Premoniciones, II
Sólo sobrevivimos nosotros. El avión acabó con el piloto y la acompañante en el agua. En un agua a la que no nos dirigíamos. Sin equipo, sin provisiones; sólo con lo que llevábamos encima: los pasaportes y demás identificativos, que de nada nos servirían si un tiburón nos atacaba; un mechero, inutilizado en el acto; una cadena para las llaves, a la que podríamos sacarle utilidad; nuestras navajas multiusos –siempre encima, como buenos aventureros-, recién enceradas, por suerte, y poco más. Sin saber dónde estamos. Ésta no es nuestra isla… la nuestra era Manhattan, una visita que era una ilusión de nuestras vidas. Y luego, una isla paradisíaca que ya conocíamos. Aquél no es su destino. No podemos evitar que nos caigan un par de lágrimas a los dos. El susto ha sido serio, pero podría haber sido peor. Estamos vivos, que es lo que cuenta.
Mientras nadamos hacia la orilla que vislumbramos a lo lejos, vamos pensando. Sobre todo, pensamos qué vamos a hacer aquí. Son metros y metros de nado –no entendemos de millas-, pero al final, salimos. Cuando tú te cansabas, yo te ayudaba. Y viceversa. Llegamos, simplemente, exhaustos.
Una playa preciosa, desde luego. Palmeras sin frutos, pero hermosas. Pequeños banquitos de peces que huyen al vernos acercarnos al agua una vez estamos en tierra. Sonidos extraños que provienen del corazón de un montón de palmeras juntas, entre las que no pasa la luz. Un toque sutil de frondosidad plaga el ambiente. Y lo satura. Pero hay que mantener la calma. Nos miramos, y nos cogemos de las manos, mientras contemplamos en los ojos, el uno del otro, una cierta y lógica preocupación.
“Cielo”, dices, “hay que organizarse ya”. “¿Qué sugieres?”, inquiero.
Lo primero es batir el terreno. Sólo tenemos unos metros cuadrados de tierra firme libre. Firme relativamente, claro. Tierra, que no arena, que ya es algo. Ante nosotros, agua, agua, una concha marina vacía, y más agua. Y algas que traen las olas, para darnos la bienvenida, como si se quisiera reír de nosotros esta sección de tres cuartas partes de la capa terrestre. Y más agua. Y por si no lo he dicho… agua, sobre todo, agua.
Detrás, las palmeras, al igual que a los lados. Una especie de luna en cuarto creciente –o menguante- que parecía protegernos. O dejarnos indefensos. Un pequeño vistazo confirma la existencia de un corredor entre tanta vegetación. Y yo, alérgico perdido, lo celebro. Un metro menos de verde es un principio. Además, seguro que, como bien dices tú, por ahí debe llegarse a un sitio concreto. O a más agua.
De momento, nos basta con conocer eso. De momento, hay que pensar en las necesidades básicas. Comer, beber, dormir, y estar protegidos. El amor no hace falta decirlo, porque pase lo que pase, siempre es eternamente fortísimo.
Pensamos en acampadas de cuando éramos niños, para recordar trucos. Mientras tú ideas, yo construyo. Mientras tú construyes, yo ideo. Es una combinación imparable.
Para obtener calor, recurrimos a la mítica hoguera de fricción. Cuesta encontrar palos, ramitas y demás material fácilmente combustible, pero tras rebuscar un poco entre la maleza que vemos, casi en el suelo, junto a los troncos de las palmeras más viejas, encontramos pedazos de madera. Con eso, y parte de las cortezas de estos viejos habitantes, tendremos suficiente. Quedaba establecerlo en el centro de nuestro pequeño espacio de escasos metros cuadrados, al que acordamos llamar “Playa de la Nueva Vida”, porque es lo que hay por delante.
Para alimentarnos, lo primero que nos viene a la cabeza fue la Madre Naturaleza, en su forma de árbol, otra vez. Si somos capaces de encontrar una roca o una piedra con un mínimo de filo, podemos machacar las hojas y comerlas, y aprovechar la poca agua que contengan para beber. Qué remedio. Mejor eso que nada.
Para dormir, se recurre a la obviedad: un refugio. A la inexistente obviedad. Sí, claro que pensamos hacerlo con madera, y troncos, y grandes hojas de palmera (benditas sean), pero no hay tiempo. Está oscureciendo a un ritmo frenético, y hay que pensar más rápido. Mañana tendremos tiempo para el refugio.
Encendemos la hoguera en el centro, aunque nos cuesta un poco, y hacemos dos grandes agujeros en el suelo. Siempre será mejor un poco de humedad en los huesos que un helor nocturno. Recuerdo haber visto esto en un manual de supervivencia en climas extremos –en concreto, en la nieve-. “Basta” con meterse en los agujeros y cubrirse ligeramente con la tierra por los laterales. Nuestro propio calor corporal, junto al de la hoguera, debería darnos suficiente vida para sobrevivir. Por lo menos, una noche. Una larga noche que pasamos acurrucados en nuestros agujeros, el uno al lado del otro, con la hoguera de intermediadota. Aunque nos cuesta dormir, al final cedemos por agotamiento. El día siguiente aparenta, sin verlo, ser duro y largo.
Al final, la noche no va tan mal. El calor está bien, teniendo en cuenta que estamos a escasos metros de la orilla del mar y en una isla, rodeados por palmeras. La humedad impera, pero nosotros la dominamos. Somos, por lo menos, más listos que ella.
La belleza del inicio del día siguiente no sólo nos alegra la vista, sino que nos aporta algo de ayuda. El sol amanece justo ante nuestros ojos, cerrando la media –tres cuartos de- luna, como si estuviese al fondo del mar. Nuestro primer campamento, temporal o infinito, está orientado al este. Ya es un comienzo. Un comienzo de un nuevo día, que contemplamos junto a unas brasas chispeantes y crujientes, a punto de extinguirse, cogidos de la mano, con el pelo sucio, pero cubiertos de arena y amor.
miércoles, 18 de marzo de 2009
Premoniciones, I
Definitivamente, se acabó. No volverán esas conversaciones a través del chat, ni del teléfono móvil. Tampoco volverán los correos electrónicos. Ni ver películas en el ordenador, ir a cenar un kebab y unas patatas, salir a dar una vuelta por el centro o bailar como locos. Fin.
Sin embargo, en realidad a ninguno de los dos nos importa que todo eso no vuelva a pasar. Es más: nos alegramos muchísimo. No se es igual de feliz en una ciudad, encerrado por edificios, que en una isla, encerrados por el mar. Porque se acabaron las conversaciones de móvil y el cine, pero sin embargo, comienza una nueva vida, donde sólo vamos a existir nosotros.
Cinco treinta y seis de la mañana. Te doy el último toque al móvil que te daré para que bajes de casa al taxi, que acaba de llegar. Sonríes. Sonrío. Bajas tan decidida que ni siquiera te pregunto si quieres que te ayude con las maletas, porque vas directa a meterlas en el vehículo. Vuelves a mirarme y me sacas la lengua. Y yo vuelvo a sonreír, mientras te hago lo mismo.
Hace un buen día. Las farolas casi no son necesarias, porque comienza a amanecer. Y de camino al aeropuerto, el sol que sale nos permite ver por última vez lo que consideramos “civilización”. En silencio, simplemente escuchando la radio, música moderna que no logro recordar, recibiendo ondas de radio y disfrutándolas callados, mientras cada uno contempla, a través de su ventana, el mundo que dejamos juntos. ¿Dramático? ¿Melancólico? No. Quizás todo lo contrario. Si nos vamos es precisamente por estar hartos de este mundo tan irascible, que se altera a la mínima y en el que no se puede vivir con calma, ¿verdad? Pero aun así, queremos verlo por última vez. La luz roja de un semáforo dejará de tener significado, como tampoco lo tendrán las marcas viales. Ni la forma en que dos conocidos se saludan delante de la panadería, mientras un oficinista, a toda prisa, compra el periódico, que está siendo repartido en ese mismo momento. Se acabaron las prisas y los agobios espaciotemporales. Se acerca la paz, la tranquilidad, la calma. O todo lo contrario. O sí. O no. ¡A saber qué se acerca! Sea lo que sea, seguro que, mientras estemos juntos, habrá, como mínimo, amor y felicidad.
Un sonido estruendoso indica que estamos cerca del aeropuerto. El avión de las seis con destino a Nueva York sale con tres minutos de retraso. Un camión que, más que a cien, va “a cien-do el loco”, hace sonar la bocina mientras nos adelanta. Prisas, prisas y más prisas. Nos miramos el uno al otro, pensando en lo mismo: “a partir de ahora, sólo calma”. Y nuestras manos, instintivamente, se juntan. Y sólo distan unas miradas de unos cuantos segundos más hasta que volvamos a mirar al exterior a través de los cristales de la parte trasera de un vehículo bastante destrozado, pero que cumple su función, que es lo importante.
“¿Qué echarás de menos?”, pregunto. “Todos los recuerdos, lo que hemos pasado en esta parte del universo que ahora dejamos atrás...”. “¿Y tú?”, me dices. “Yendo los dos juntos, no creo que eche nada de menos.” “Salvo a nuestras familias”, decimos los dos a la vez. Nos reímos con insistencia, para acabar dibujando, otra vez los dos a la vez, una expresión enorme de felicidad en nuestras caras. Dice más una imagen que mil palabras, ¿verdad? Nosotros podemos transmitir más con vernos un segundo que todo lo que puedan transmitir todas las colecciones del Museo del Prado juntas.
sábado, 31 de enero de 2009
Sobre las bicicletas
Si no lo haces por el carril para vehículos, ¿por qué lo haces en el carril para bicicletas?
Se ruega a la gente que vaya en bicicleta, para evitar problemas de tráfico, aparcamiento, atascos, accidentes varios, reducir la contaminación, y un largo etcétera. Si vamos con bici, la mayoría, es para llegar más rápido en menos tiempo, y de paso, hacer algo de ejercicio, que nunca viene mal hacer que las piernas se muevan. Y si en cada paso de peatones tenemos que desmontar, esperar a que nos permitan pasar (que ésa es otra: pasarán quince coches mientras esperas en un paso de peatones hasta que un amable conductor se da cuenta de que tienen cientos de millones de kilómetros de carretera para ellos solos, y que uno de nuestros pocos derechos, que es el paso de peatones, nadie nos lo está respetando)... ¿quién va a querer ir así? A mí, desde luego, entre las esperas, el zig-zag continuo para no arrollar a los viandantes que van por el carril de los ciclistas y que muchas veces se quejan (¡sí, se quejan! El ser Humano nunca dejará de sorprenderme...) y las montadas y desmontadas, que acaban desesperándote... ¿a mí? ¡Se me quitan las ganas! ¡Es que ya casi me da miedo salir en bicicleta!
Si quieren que no contaminemos, que facilitemos los problemas de conducción y de aparcamiento, y un largo etcétera, aquí dejo unas sugerencias que me vienen a la mente así, a priori, a grandes rasgos:
1.- Concienciar a los viandantes de que al igual que no irían por en medio de una vía del tren, no deberían ir por en medio del carril de bicicletas.
2.- Retirar esa absurda norma de que un ciclista montado no tiene preferencia en los pasos de peatones. Desmontar y montar cada 20 metros es una desesperación. Sí, somos ciclistas, no peatones, pero es que nuestros carriles, a la hora de cruzar de una parte a la otra, dan lugar a su continuación a través de los pasos de peatones...
3.- Facilitar el acceso por el interior de las ciudades, bien poniendo más carriles, bien poniendo aguantarruedas para poder dejar nuestros apreciados medios de transporte sin que corran peligro, etc.
Además, cualquier otra medida que beneficie tanto a ciclistas como a peatones y vehículos a motor, siempre será bien recibida.
Ejerciendo mi derecho de libertad de circular en bicicleta, he estado a punto de ser atropellado por vehículos . Da igual que vayas montado o desmontado: simplemente, no paran. Si le echas valentía y cruzas, puedes o escuchar un frenazo enorme, o escuchar cómo el conductor, al pasar, te grita y te dice que estás loco. Y también sé de gente que ya ha sido atropellada. Señores conductores: yo os prometo, que también tengo carné de conducir, que no se puede entrar en una glorieta a 80 kilómetros por hora. De verdad, sabemos que vuestros coches son muy rápidos y tenéis mucha prisa, y esos alerones hacen que los coches sean más guays y corran más, y los neones con el "chunda-chunda" quedan tremendos, y que vais a una fiesta donde vais a desfasar total... Pero no necesitamos acabar en el hospital por cruzar un paso de peatones, uno de nuestros escasos derechos en la vía pública, para comprobar lo flipantes que sois con vuestros carros mega-tuneados. No, de verdad, perdonad por insistir, pero no lo necesitamos comprobar. Os lo prometo. En serio.
miércoles, 28 de enero de 2009
Prueba I
Esto es una inspiración que me dio un día porque sí... Es un escrito muy simple, muy sencillo, pero con un pequeño detalle oculto. Si no te das cuenta, al final pongo la solución, ¡jeje!
Bueno, ya, sin más, aquí queda esto:
J. Estrada presenta...
Prueba I
Es frecuente experimentar novedades,
escalones sorteables y siempre superables,
como poesías y letras de rima extraña,
columnas, escritos y ocurrencias varias.
Nadie nota el cambio a veces;
nadan en un mar sencillo, donde viven sin creces...
Pero sin embargo, con un poco de atención,
perilustrísimamente llega el momento de la acción:
fíjate, lee, mira, observa bien;
figúratelo y presta atención; ven,
vuelve a mirar, inténtalo conocer...
¿Vuelas o saltas? ¿No lo puedes ver?
Bueno, la intención era -lo explico para quienes no lo hayan visto- producir rima tanto en la última sílaba como en la primera. Simplemente, se me ocurrió probar algo así, sin complicarme mucho. Y bueno, parece ser que le da un ritmo diferente de lectura. ¡Que se pronuncien los entendidos!
¡Nos leemos!
domingo, 25 de enero de 2009
A Kant
J. Estrada presenta
A Kant
(Kerido por muchos)
¡Qué más me da a mí la estética transcendental!
La sensibilidad pasiva es cosa de ciegos
y yo, por supuesto, jamás seré menos...
¡Pero es que no lo quiero pensar!
Ni el tiempo aritmético
ni el espacio geométrico
alguna vez me importarán...
¡Qué más me da la analítica transcendental!
El entendimiento es para quienes piensan,
y este año yo, como otros tantos, no filosofamos...
¡Pero es que no lo quiero juzgar!
Ni las doce categorías
ni su padre ni su tía
alguna vez me interesarán...
¡Qué más me da la dialéctica transcendental!
Copia de Platón y de la Razón pura...
A buenas horas, Dios, Alma y Mundo se van de travesura...
¡Pero es que no lo quiero estudiar!
Ni el tachón de la metafísica
ni las drogas ni la maría
alguna vez me atraerán...
(Odiado por más)
Mi primer mensaje
En fin, este mensaje es puramente protocolario. Lo pongo por cortesía, porque no está bien comenzar a hablar sin haberte presentado antes. ¡Hola! ¿Qué tal? Soy J. Estrada, tengo 18 años, y estudio Periodismo. ¿Quieres saber más? ¡Pues pregunta!
En fin (y van dos), espero que esto sirva para algo. Si nadie lo lee, al menos, servirá para hacer mis propios monólogos. O me crearé un álter-ego para que conteste a todos los mensajes que yo escriba aquí. O servirá de mal ejemplo, porque no lo visita nadie. Pero estoy seguro de que, para algo, servirá.
¡Nos leemos!
