Definitivamente, se acabó. No volverán esas conversaciones a través del chat, ni del teléfono móvil. Tampoco volverán los correos electrónicos. Ni ver películas en el ordenador, ir a cenar un kebab y unas patatas, salir a dar una vuelta por el centro o bailar como locos. Fin.
Sin embargo, en realidad a ninguno de los dos nos importa que todo eso no vuelva a pasar. Es más: nos alegramos muchísimo. No se es igual de feliz en una ciudad, encerrado por edificios, que en una isla, encerrados por el mar. Porque se acabaron las conversaciones de móvil y el cine, pero sin embargo, comienza una nueva vida, donde sólo vamos a existir nosotros.
Cinco treinta y seis de la mañana. Te doy el último toque al móvil que te daré para que bajes de casa al taxi, que acaba de llegar. Sonríes. Sonrío. Bajas tan decidida que ni siquiera te pregunto si quieres que te ayude con las maletas, porque vas directa a meterlas en el vehículo. Vuelves a mirarme y me sacas la lengua. Y yo vuelvo a sonreír, mientras te hago lo mismo.
Hace un buen día. Las farolas casi no son necesarias, porque comienza a amanecer. Y de camino al aeropuerto, el sol que sale nos permite ver por última vez lo que consideramos “civilización”. En silencio, simplemente escuchando la radio, música moderna que no logro recordar, recibiendo ondas de radio y disfrutándolas callados, mientras cada uno contempla, a través de su ventana, el mundo que dejamos juntos. ¿Dramático? ¿Melancólico? No. Quizás todo lo contrario. Si nos vamos es precisamente por estar hartos de este mundo tan irascible, que se altera a la mínima y en el que no se puede vivir con calma, ¿verdad? Pero aun así, queremos verlo por última vez. La luz roja de un semáforo dejará de tener significado, como tampoco lo tendrán las marcas viales. Ni la forma en que dos conocidos se saludan delante de la panadería, mientras un oficinista, a toda prisa, compra el periódico, que está siendo repartido en ese mismo momento. Se acabaron las prisas y los agobios espaciotemporales. Se acerca la paz, la tranquilidad, la calma. O todo lo contrario. O sí. O no. ¡A saber qué se acerca! Sea lo que sea, seguro que, mientras estemos juntos, habrá, como mínimo, amor y felicidad.
Un sonido estruendoso indica que estamos cerca del aeropuerto. El avión de las seis con destino a Nueva York sale con tres minutos de retraso. Un camión que, más que a cien, va “a cien-do el loco”, hace sonar la bocina mientras nos adelanta. Prisas, prisas y más prisas. Nos miramos el uno al otro, pensando en lo mismo: “a partir de ahora, sólo calma”. Y nuestras manos, instintivamente, se juntan. Y sólo distan unas miradas de unos cuantos segundos más hasta que volvamos a mirar al exterior a través de los cristales de la parte trasera de un vehículo bastante destrozado, pero que cumple su función, que es lo importante.
“¿Qué echarás de menos?”, pregunto. “Todos los recuerdos, lo que hemos pasado en esta parte del universo que ahora dejamos atrás...”. “¿Y tú?”, me dices. “Yendo los dos juntos, no creo que eche nada de menos.” “Salvo a nuestras familias”, decimos los dos a la vez. Nos reímos con insistencia, para acabar dibujando, otra vez los dos a la vez, una expresión enorme de felicidad en nuestras caras. Dice más una imagen que mil palabras, ¿verdad? Nosotros podemos transmitir más con vernos un segundo que todo lo que puedan transmitir todas las colecciones del Museo del Prado juntas.

La siguiente entrega está tardando ya mucho eeeee...no te lo tomes a maaaal...pero ya apeteceeeee...
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