Avión. Asiento. Luces. Cinturón. Despegue. Cinturón. Charla. Azafata. Periódico. Nueces de Macadamia. Agua. Ventanilla. Cielo. Tú. Cielo. Sonrisa. Sueño. Juntos. Turbulencias. Sonrisas. Turbulencias. Luces. Preocupación. Compuerta. Paracaídas. Fuera. Agua.
Sólo sobrevivimos nosotros. El avión acabó con el piloto y la acompañante en el agua. En un agua a la que no nos dirigíamos. Sin equipo, sin provisiones; sólo con lo que llevábamos encima: los pasaportes y demás identificativos, que de nada nos servirían si un tiburón nos atacaba; un mechero, inutilizado en el acto; una cadena para las llaves, a la que podríamos sacarle utilidad; nuestras navajas multiusos –siempre encima, como buenos aventureros-, recién enceradas, por suerte, y poco más. Sin saber dónde estamos. Ésta no es nuestra isla… la nuestra era Manhattan, una visita que era una ilusión de nuestras vidas. Y luego, una isla paradisíaca que ya conocíamos. Aquél no es su destino. No podemos evitar que nos caigan un par de lágrimas a los dos. El susto ha sido serio, pero podría haber sido peor. Estamos vivos, que es lo que cuenta.
Mientras nadamos hacia la orilla que vislumbramos a lo lejos, vamos pensando. Sobre todo, pensamos qué vamos a hacer aquí. Son metros y metros de nado –no entendemos de millas-, pero al final, salimos. Cuando tú te cansabas, yo te ayudaba. Y viceversa. Llegamos, simplemente, exhaustos.
Una playa preciosa, desde luego. Palmeras sin frutos, pero hermosas. Pequeños banquitos de peces que huyen al vernos acercarnos al agua una vez estamos en tierra. Sonidos extraños que provienen del corazón de un montón de palmeras juntas, entre las que no pasa la luz. Un toque sutil de frondosidad plaga el ambiente. Y lo satura. Pero hay que mantener la calma. Nos miramos, y nos cogemos de las manos, mientras contemplamos en los ojos, el uno del otro, una cierta y lógica preocupación.
“Cielo”, dices, “hay que organizarse ya”. “¿Qué sugieres?”, inquiero.
Lo primero es batir el terreno. Sólo tenemos unos metros cuadrados de tierra firme libre. Firme relativamente, claro. Tierra, que no arena, que ya es algo. Ante nosotros, agua, agua, una concha marina vacía, y más agua. Y algas que traen las olas, para darnos la bienvenida, como si se quisiera reír de nosotros esta sección de tres cuartas partes de la capa terrestre. Y más agua. Y por si no lo he dicho… agua, sobre todo, agua.
Detrás, las palmeras, al igual que a los lados. Una especie de luna en cuarto creciente –o menguante- que parecía protegernos. O dejarnos indefensos. Un pequeño vistazo confirma la existencia de un corredor entre tanta vegetación. Y yo, alérgico perdido, lo celebro. Un metro menos de verde es un principio. Además, seguro que, como bien dices tú, por ahí debe llegarse a un sitio concreto. O a más agua.
De momento, nos basta con conocer eso. De momento, hay que pensar en las necesidades básicas. Comer, beber, dormir, y estar protegidos. El amor no hace falta decirlo, porque pase lo que pase, siempre es eternamente fortísimo.
Pensamos en acampadas de cuando éramos niños, para recordar trucos. Mientras tú ideas, yo construyo. Mientras tú construyes, yo ideo. Es una combinación imparable.
Para obtener calor, recurrimos a la mítica hoguera de fricción. Cuesta encontrar palos, ramitas y demás material fácilmente combustible, pero tras rebuscar un poco entre la maleza que vemos, casi en el suelo, junto a los troncos de las palmeras más viejas, encontramos pedazos de madera. Con eso, y parte de las cortezas de estos viejos habitantes, tendremos suficiente. Quedaba establecerlo en el centro de nuestro pequeño espacio de escasos metros cuadrados, al que acordamos llamar “Playa de la Nueva Vida”, porque es lo que hay por delante.
Para alimentarnos, lo primero que nos viene a la cabeza fue la Madre Naturaleza, en su forma de árbol, otra vez. Si somos capaces de encontrar una roca o una piedra con un mínimo de filo, podemos machacar las hojas y comerlas, y aprovechar la poca agua que contengan para beber. Qué remedio. Mejor eso que nada.
Para dormir, se recurre a la obviedad: un refugio. A la inexistente obviedad. Sí, claro que pensamos hacerlo con madera, y troncos, y grandes hojas de palmera (benditas sean), pero no hay tiempo. Está oscureciendo a un ritmo frenético, y hay que pensar más rápido. Mañana tendremos tiempo para el refugio.
Encendemos la hoguera en el centro, aunque nos cuesta un poco, y hacemos dos grandes agujeros en el suelo. Siempre será mejor un poco de humedad en los huesos que un helor nocturno. Recuerdo haber visto esto en un manual de supervivencia en climas extremos –en concreto, en la nieve-. “Basta” con meterse en los agujeros y cubrirse ligeramente con la tierra por los laterales. Nuestro propio calor corporal, junto al de la hoguera, debería darnos suficiente vida para sobrevivir. Por lo menos, una noche. Una larga noche que pasamos acurrucados en nuestros agujeros, el uno al lado del otro, con la hoguera de intermediadota. Aunque nos cuesta dormir, al final cedemos por agotamiento. El día siguiente aparenta, sin verlo, ser duro y largo.
Al final, la noche no va tan mal. El calor está bien, teniendo en cuenta que estamos a escasos metros de la orilla del mar y en una isla, rodeados por palmeras. La humedad impera, pero nosotros la dominamos. Somos, por lo menos, más listos que ella.
La belleza del inicio del día siguiente no sólo nos alegra la vista, sino que nos aporta algo de ayuda. El sol amanece justo ante nuestros ojos, cerrando la media –tres cuartos de- luna, como si estuviese al fondo del mar. Nuestro primer campamento, temporal o infinito, está orientado al este. Ya es un comienzo. Un comienzo de un nuevo día, que contemplamos junto a unas brasas chispeantes y crujientes, a punto de extinguirse, cogidos de la mano, con el pelo sucio, pero cubiertos de arena y amor.
domingo, 17 de mayo de 2009
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